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Medios glosan la figura del entrenador salmantino
Del Bosque: el carácter castellano
Redacción / Martes 13 de julio de 2010
 

Toni Grande sostiene que Vicente Del Bosque es un tipo muy humilde, cariñoso, inteligente, socarrón y con genio: "No lo parece, pero tiene muy mala leche". Grande, además de un tipo muy castizo, es la mano derecha de Del Bosque en la selección como lo fue antes en el Madrid. Pocos, a excepción de Trini, la esposa del técnico salmantino, pueden hablar con mayor conocimiento de causa sobre el técnico que ha llevado a España a ganar el Mundial. Son amigos desde hace años, y se han tomado mil cañas por la vieja ciudad deportiva del Madrid, especialmente en La Fontona.

Tiene un regusto amargo: no haberle dado más minutos a los suplentes ."Es muy futbolero y bastante meticuloso", cuentan los jugadores .Del Bosque tiene fama de afortunado, y resultaría contradictorio negarlo viendo su palmarés y conociendo a su familia, su verdadera pasión, tal vez solo comparable a la predilección que siente por lo que llama "el marisco salmantino", eso es, el buen embutido. Pero no es menos cierto que en su casa, de niño, no sobraba un duro. "No tenía para botas de fútbol, jugaba con el calzado que podía", ha recordado hace poco.

Del Bosque siempre tuvo fama de galán, así que se casó bien pasados los 30 porque según ha explicado alguna vez, esperaba a Trini, la mujer de su vida, con la que tiene tres hijos: Vicente, de 23 años, Álvaro de 21 y Gema, de 17. El seleccionador nació en Salamanca en 1950 y los orígenes de la familia habría que buscarlos en Carpio del Campo, corazón de la vieja Castilla, llena de ferroviarios. Tanto su tío Vitorino -que estuvo 51 años dedicado a tales tareas- como su padre, Fermín, ejercieron la profesión. Al padre le arruinó la carrera la guerra civil: fue denunciado y pasó tres años en un penal de Álava, confinado por republicano. "No hizo nada, pero ya sabe cómo eran esas cosas... estaba donde estaba, le señalaron por rojo y terminó en la cárcel", explica resignado el seleccionador, que guarda en casa los legajos del proceso contra su padre. "Yo no soy tan radical", asume Del Bosque, de pensamiento progresista. También Trini, su mujer, a la que conoció en Madrid, es hija de ferroviarios. El seleccionador tenía un hermano menor de nombre Fermín, que falleció de cáncer a los 43 años, al que dedicó la victoria contra Alemania, partido que se jugó justo el 7 de julio, San Fermín.

De los tres hijos de Del Bosque, hay uno, Álvaro, el mediano, que le cambió la vida. Nació el 6 de agosto de 1989 y Del Bosque, por aquel entonces, era entrenador del Castilla. Pocos días después, unas pruebas confirmaron que Alvarito había nacido con un síndrome de Down. "Al principio lloramos mucho", confesó en una charla con Gemma Herrero publicada en el libro 39 historias solidarias alrededor del deporte. "Ahora cuando miro atrás pienso: ’que gilipollas fuimos".

Para Del Bosque y sus amigos, no hay duda: Álvaro es un regalo que les concedió la vida. Ayer, en La Moncloa, Alvarito se enfundó una camiseta azul con el número 6 de Del Bosque. La cambió poco después por una roja con el 12 y antes de entrar al palacio se fundió en un abrazo muy emotivo con su padre, el seleccionador. Más tarde se le vio bromear con Xavi subido al autocar de los campeones. "Mi hijo es feliz y contagia felicidad. Es pícaro, pero no sabe qué es la maldad", explica orgulloso. Del Bosque, convencido de que las cosas no suceden por casualidad, recuerda que cuando era jugador del Madrid, cada mañana les visitaba en el vestuario de la vieja ciudad deportiva un niño con idéntico trastorno que su hijo: "No recuerdo el nombre, solo que era muy divertido y le cogimos mucho cariño. A mí siempre me tocaba el bigote".

Dicen que Álvaro es un muchacho encantador, pero eso no quita que sea muy crítico. Cuando Del Bosque era entrenador del Madrid, le recriminó agriamente que dejara a Casillas en el banquillo -"¡Joder, Alvarito, solo me faltabas tú!", le contestó el padre- y antes de que cerrara la lista definitiva para el Mundial no hubo día que no insistiera en que no se olvidara de Güiza. "Se enfadó mucho cuando supo que el jerezano no jugaría el Mundial", explican en el entorno de Del Bosque. Durante su estancia en Sudáfrica -el hijo pequeño acudió con toda la familia durante diez días, a presenciar dos partidos de la primera fase y la final- se convirtió en defensor a ultranza de Llorente y Javi Martínez. La explicación no es muy futbolera: se fue de safari con los familiares de los jugadores del Athletic y les cogió cariño.

A Del Bosque se le reconoce como un tipo "muy sentido" en la selección y dicen que se ha ido del Mundial con un regusto amargo: le hubiera gustado darle más minutos a los teóricos suplentes. Los futbolistas le reconocen como una persona dialogante y divertida -"No es Luis, pero en las charlas también nos reímos con sus ocurrencias"-, muy futbolero y bastante meticuloso. "Le gusta tener mucha información", le señalan sus ayudantes. "Es un poco esponja, porque le gusta recoger muchas opiniones. Pero en sus decisiones, es firme, porque suelen ser producto de una larga reflexión", cuentan. Eso sí, en el banquillo es rápido: "Ve las cosas muy claras y activa las soluciones con determinación".

Anímicamente dicen que ha sido un mes tenso para el salmantino, al que en ningún momento nadie ha visto afectado "del mal del seleccionador", ese que con frecuencia ha afectado a sus antecesores, llenándoles de irritabilidad y cierta paranoia al encajar las críticas. Lejos de ello, ha usado como nunca su gesto más conciliador al manejarse con los medios, a los que ha atendido de manera gentil del primer al último día. Lector empedernido de periódicos, el tacto del papel lo ha suplido con el ordenador, aunque sea de los que empieza el día con un café y el diario sobre la mesa. "Entiende vuestro trabajo y está convencido de que aclararos las dudas es bueno para todos, no es una tarea que le dé pereza", explican en la federación.

Los jugadores, que le mantearon después de la final -"no es Guardiola, pesa un poco más", reconoció uno de los jugadores barcelonistas-, cuentan que la noche en la que España perdió contra Suiza estaba hecho polvo. "Tenía miedo que nos atacaran las dudas", reconoce uno de los jugadores. "Soy muy perfeccionista y a menudo me quedo con la última sensación", reconoció Del Bosque. Aunque le cueste perder los papeles y raro sea el día que le protesta al árbitro, sufre mucho en los partidos y la mañana siguiente, o incluso la misma noche, suele volver a verlos. Y frecuentemente su opinión varia respecto a la inicial. "Vive los partidos con mucha tensión". Ninguno como la final cuando asistió al recital de faltas de los holandeses y llegó a meterse en el campo a protestarle al árbitro.

El domingo, con la medalla al cuello de campeón del Mundo, atendió a los medios en la sala de prensa, como manda la FIFA, y pasó por la zona mixta, donde no tiene obligación de contestar, pero se paró con todos los que le requirieron. "La imagen de un seleccionador es la de un país", sostiene. Era su primer Mundial, porque nunca disputó uno como futbolista. En 1978 cuando Kubala contaba con él, Zamora le partió la pierna en Atotxa. Nunca se quejó. Su padre, el ferroviario, le enseñó a levantarse y caminar, por injusta que sea el traspiés. Y paso a paso, le ha dado a España la mayor alegría futbolística de su historia; sin levantar la voz ni torcer nunca el bigote.


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