Salamanca,  Castilla    
Aragonés ejemplar y buen amigo de Castilla
Murió José Antonio Labordeta
Redacción / Lunes 20 de septiembre de 2010
 

Labordeta fue la voz de una tierra callada. La voz de Aragón, lugar de miseria, emigración y soledad, tierra baldía y náufraga que con él, que como Buñuel fue un aragonés de mirada muy larga, volvió al mapa por la puerta grande de la libertad.

Sin mediterráneo ni flamenquería que llevarse a la boca, tirando de pueblos vacíos, viudas, trompetillas y oficios desaparecidos, Labordeta labró con la tosca cólera de la periferia desierta una obra emocionante, un conjunto de canciones de contagioso aliento poético y vindicativo.

Poeta y cantautor, agitador y genial comunicador, resucitó con esa música directa y sin costuras el mejor pasado anarco y libertario de Aragón, y lo puso al día con poemas de una economía y sencillez deslumbrantes.

Desde la nostalgia por los muertos y los vencidos, pero siempre intentando construir un presente distinto, El Abuelo convirtió la derrota de tantos en una educación sentimental y política; era el solista del erial, y por tanto no tenía doblez y era seco y terco, pero jamás se olvidó de la ternura.

Con su chorro de barítono baturro, sus palabras rurales, y unas consonantes que sonaban a portazos abrió inesperados caminos de esperanza. Esa sinceridad desarmaba a abuelos y adolescentes. Hoy que se ha ido he visto a mi padre, Emilio, comprando de noche sus vinilos en el viejo ’drugstore’ de la calle Fuencarral de Madrid. Y la emoción de escucharlos por primera vez, aquella piel de gallina, ese extraño fulgor identitário: "Coño, si resulta que soy aragonés...".

Más allá de eso, Labordeta legó a los huidos, los asesinados y los muertos de cualquier parte una narración lógica, un final decente y más presentable. Su memorable "a la mierda" a los escaños de la derecha incivil fue solo el razonable epílogo a sus canciones y principios.

Su vida cumplida fue también un homenaje a la prematura desaparición de su hermano mayor, Miguel, poeta maravilloso y raro, activista literario, dramaturgo de una sola obra (montó ’Oficina del Horizonte’ con Agustín Ibarrrola) y alma de la tertulia del café Niké de la calle Requeté Aragonés, donde expendía carnés de ciudadano del mundo y dirigía la OPI (Oficina Poética Internacional).

Habrá un día en que todos agradezcan a Labordeta los servicios prestados a este país de sordos voluntarios. Entretanto, los jóvenes que no le hayan oído todavía deben saber que hubo pocos cantautores menos plastas que él, porque sumaba a la hondura de sus himnos la gracia irresistible del pop agrícola pirenaico.


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