Salamanca,  Castilla    
Miliciano del Batallón Comuneros
Entrevista a Santiago Polo en El Norte de Castilla
Redacción / Domingo 24 de diciembre de 2006
 

Uno de los estudiantes represaliados que han recibido un homenaje de la Universidad de Salamanca cree necesario «saber toda la verdad.El olvido a las víctimas hay que arreglarlo, pero sin revanchismo». Dice Santiago Polo mientras pasea por los jardines del parque de la Alamedilla de Salamanca.

Por primera vez en su historia, la Universidad de Salamanca ha restaurado la memoria de 25 profesores y catedráticos represaliados durante la Guerra Civil, entre ellos Miguel de Unamuno y Casto Prieto. Un homenaje en el que también han tenido cabida los alumnos, encarnados en la memoria viva de Santiago Polo. Setenta años después, recuerda aquellos días y sus consecuencias con apabullante nitidez.

 ¿Qué le ha parecido la decisión de la Universidad de Salamanca?

 Hacer un homenaje a las víctimas es lo justo. Para mí es reconocer que hubo gente que lo pasó muy mal y que no tenía por qué haber sido así. Es imposible que por tener unas ideas políticas te amargaran la vida o te la quitaran.

 ¿Estamos necesitados de memoria histórica?

 Todo lo que sea aclarar las cosas es importante pero sin que haya odios. Se tiene que saber toda la verdad, sin embustes ni mentiras. Me molesta que se hable de reabrir heridas a propósito de todo esto. Yo guardo certificados de defunción de familiares fusilados en agosto de 1936 en una carretera de Salamanca que dicen «encontrado muerto con herida de bala». Eso es insoportable y hay otros casos peores, familias que no saben dónde fueron enterradas las víctimas. Miles de personas murieron sin que sus familias volvieran a saber nada. Ese olvido hay que arreglarlo, pero sin revanchismo.

 La Universidad le ha reconocido como represaliado, ¿mitiga en algo lo sufrido?

 Claro, ya no tiene sentido hablar de compensar. Yo estuve 32 meses en la guerra y me pasé otros 52 en campos de concentración. Era hijo único y no pude despedirme de mi madre, no sé qué precio se puede poner a eso.

 ¿Cómo fue su entrada en la Guerra Civil?
 Yo estaba en la Secretaría General de la Unión de Estudios Hispanos y pertenecía a la FUE (Federación Universitaria Escolar). El 18 de julio estaba en Madrid en casa de mis tíos esperando a los estudiantes de la Universidad de Salamanca que iban a la Olimpiada Popular que se celebraba en Barcelona. Allí nos pilló el barullo. Algunos no sabían si volver a Salamanca y otros pensaban incluso que iban a ser unos días y que luego seguirían a Barcelona. Al ver lo que sucedía, me escapé de casa y con otros dos amigos de Salamanca nos alistamos en uno de los primeros batallones formados que salieron de Madrid, el de las Juventudes Socialistas Unificadas.

 ¿Qué participación tuvo en la guerra?

 Entramos de milicianos. Después, a los que teníamos grado de bachiller nos ascendieron a alférez. Entonces estuvimos en la retirada del Tajo hacia Madrid y en la Ciudad Universitaria. El día que mataron a Durruti relevamos a su columna para que sus hombres pudieran ir al entierro, allí me hirieron en un hombro desde el Hospital Clínico. Por esa herida me hicieron teniente. Nosotros éramos el Batallón Comuneros de Castilla, casi todos de Ávila y de Salamanca. Después intervinimos en el Parque del Oeste y en otros muchos frentes. En las últimas semanas nos mandaron a Extremadura, donde se acabó la guerra para nosotros.

 ¿Cómo recuerda aquel final?

 Estábamos cansados y desorientados. Intentamos llegar a Mérida, de ahí fuimos a Ciudad Real y luego tuvimos que ir andando hasta donde pudimos. Nos dijeron que en un campo de concentración en Aranjuez estaban dando de cenar y nos entregamos. Tuvimos mala suerte, porque cuando llegamos ya habían cenado. Un soldado valenciano se había llevado unas naranjas y nosotros cenamos aquella noche las cáscaras.

 ¿Qué pasó en aquel campo?

 Decían que los que no tuvieran las manos manchadas de sangre podrían volver a casa. A los oficiales -yo ya era capitán-, nos llevaron al manicomio de Alcalá de Henares. Éramos 2.600 en tres pabellones. Yo tuve que hacer mi declaración de actividades durante la guerra en el forro de un paquete de tabaco, no había otro papel. Y no me condenaron a muerte, pero me destinaron a un batallón de trabajo tres meses. Estuvimos en el Campo de Comillas, donde el mitin de Azaña, allí coincidí con otro jefe de la FUE, Manuel Tuñón de Lara, en el Grupo Escolar Miguel de Unamuno.

Regreso a Salamanca

 ¿Cuándo volvió a Salamanca?

 Yo no quería volver porque temía que pudieran pasarme factura pero tenía que hacer la instrucción militar y me dijeron que obligatoriamente era en Salamanca, porque habría un expediente de prófugo contra mí. Al final consiguieron hacerme pagar mi pasado, aunque me habían absuelto. Cargué con las consecuencias de una broma a un alférez en la que no participé y me detuvo la Guardia Civil. Por mis antecedentes, me mandaron al campo de concentración de la localidad burgalesa de Miranda de Ebro. De allí salí en batallones de trabajo a Navarra, los Pirineos, o Gibraltar, 49 largos meses en unas condiciones muy duras.

 ¿Y después de todo regresó a Salamanca?

 Yo nunca me avergoncé de nada. Ya no pude volver a estudiar porque necesitaba el certificado de adhesión al régimen y no lo tenía, claro. Tuve que esperar varios años hasta que salieron unas plazas de gestor comercial en las que simplemente bastaba el certificado de buena conducta. Lo conseguí y me saqué la plaza. Trabajé durante muchos años en la Cámara de Comercio de Salamanca, hasta que me jubilé. En todo ese tiempo ya no tuve ningún problema, pero nunca me escondí.

 ¿Y qué hace ahora?

 Tengo 90 años pero no puedo parar. Por las mañanas voy a Comisiones Obreras y les ayudo a revisar el Boletín Oficial del Estado. También participo en la Asociación Memoria y Justicia de Salamanca, investigamos archivos y tratamos de aclarar aquellas cosas que pasaron y que no deben volver a repetirse nunca.


Texto: Francisco Gómez/ Salamanca

Foto: J. Truco.

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