Salamanca,  Castilla    
Castellanizar la campaña electoral
Comarcalización y Despoblación
Foro Castellano 23 de abril
Redacción / Martes 3 de abril de 2007
 

Los últimos informes salidos a la palestra en diversos medios de comunicación actualizan un debate cíclico y siempre pendiente en la agenda autonómica castellano-leonesa, que debió haberse acometido hace 20 años. Desgraciadamente, la clase política regional, -utilizo el término regional porque es el que mejor describe la categoría de los subproductos políticos que florecen en la meseta-, siempre ha preferido los aspavientos y las astracanadas de los debates menores a la labor sorda y continuada de búsqueda de soluciones y futuro para el medio rural castellano. Nos sucede esto, en parte porque porque estamos dirigidos por unos ineptos y en parte por nuestra propia pasividad y por nuestra falta de pulso. Algunos siempre están dispuestos a utilizar a los ciudadanos de esta tierra como ariete en pintorescas polémicas partidarias que poca o ninguna trascendencia práctica tienen para Castilla. Y mientras los lenguaraces con responsabilidades de gobierno regional o local, se han dedicado en estos meses a señalar que todas las estrategias de su acción política pasan por la no devolución de los documentos del archivo a sus legítimos propietarios, anunciando además el apocalipsis que la llegada del estatut traería a las puertas de nuestra casa, otros, los expertos, han conseguido colarse entre tanta polémica hueca para hacer públicas sus observaciones respecto al principal problema de Castilla: la despoblación, y sus alternativas. Afortunadamente un mínimo sector social con verdadera conciencia está poniendo realmente la lupa donde interesa y no donde otros dicen. La despoblación aparece ya entre las respuestas de los castellanos cuando se les pregunta cuales son los principales problemas que tienen. Quizá esa sea la explicación de que los expertos hayan sido por fin acompañados por un cierto respaldo institucional que antes no existía. La especificidad de esta tierra es tener una población escasa envejecida y excesivamente dispersa que dificulta el amparo del sector público y que resta eficacia a las capacidades de los ayuntamientos más pequeños es un problema para la viabilidad de muchos pueblos. Si hace cinco años un estudio consideraba que cientos de municipios de Castilla y León tenían por único futuro la desaparición, mucho nos tenemos que actualizando los datos a fecha de hoy habría que incrementar la cifra, pues desde entonces hasta la actualidad ningún paso se ha dado en la dirección correcta.

Es cierto, el mundo rural es el eslabón más débil de la sociedad actual, pero no en todos los sitios. En algunas comunidades autónomas desde hace diez años se trazaron estrategias e iniciativas consecuentes con su realidad al objeto de poder fijar la población. Esto no sólo requiere políticas activas más o menos acertadas, sino profundos cambios estructurales de gran calado político y hasta social. Algunos recordamos como surgieron y porqué las pomposamente llamadas Directrices de Ordenación Territorial, en un momento en que arreciaban las críticas a la Junta por su pasividad ante la despoblación. Este proyecto de actuaciones institucionales que tantas expectativas y agravios, levantó, quedó finalmente en nada, y nadie sacó provecho alguno de lo que allí se decía salvo la consultora privada de Madrid, que las hizo, y las cobró, y bastante bien por cierto.

En este ciclo el poder político ha renunciado a la solución del problema y se ha limitado a gestionar el desastre, siempre con calculada habilidad. ¿No hay jóvenes en el pueblo? Construyamos la residencia de ancianos. Esa es la receta para la mayoría. Otros municipios, los más afortunados, tendrán la oportunidad de florecer en alfoces y áreas metropolitanas predispuestas al ladrillo al campo de golf y a los chanchullos urbanísticos que especulan con el medio ambiente.

Evidentemente los cálculos están hechos. Y los cálculos aquí son de naturaleza electoral, y se traducen en los ingentes réditos y beneficios que obtiene el partido gobernante en la Junta en éste, el escenario que mejor sirve a su estrategia. Escenario, compuesto por una población octogenaria, miedosa, manipulable y sin la más mínima capacidad de reacción ante las carencias y penalidades que padece y un sector juvenil ausente de los grandes planes y condenado a la emigración cuando no, abiertamente expulsado.

Lo hemos denunciado en anteriores artículos e intervenciones, la única opción realmente seria para empezar a solucionar la despoblación, la emigración y el envejecimiento decansa en una profunda trasformación de la concepción política del mundo rural que pivota sobre una única posibilidad: la comarcalización. Para algunos será una sorpresa saber que en otras zonas del Estado el modelo lleva funcionando con éxito varios años. Es el caso de Cataluña, y aunque el mediterráneo social, cultural, económica y demográficamente nada tenga que ver con meseta, es obvio que el sistema adoptado por los catalanes, aragoneses, y en menor medida gallegos, puede ser un modelo interesante en para esta comunidad.

En todo el s. XX, el medio rural castellano ha perdido más de 3 millones de habitantes, ha sufrido una emigración juvenil feroz, ha visto liquidadas buena parte de sus estructuras productivas, y padece un proceso de abandono, desertización y envejecimiento que cuestiona su futuro inmediato. Esto provocará cada vez más atentados contra el patrimonio cultural y el medio natural de Castilla. La comarcalización como proceso de gestión de las políticas en el ámbito rural, basado en el reconocimiento del hecho comarcal como una realidad social, humana, geográfica, histórica, cultural y económica, básica puede afrontar mejor esos problemas. Es el nivel organizativo más inmediato junto con los municipios para la aplicación de políticas que fijen la población y permitan la construcción de un modelo de desarrollo socioeconómico, sostenible, moderno y eficiente. ¿Seremos capaces de forzar el debate? o ¿nos morderemos los nudillos viendo como desaparecemos?.


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